Y no sabes cuánto esta película se reproduce en mi mente; se aflora de recuerdos y de hojas. Te acuerdas, cuando llovió y yo te tapaba los ojos para que no vieras el cielo. Brincaste, al arcoiris que coronaba la ciudad, y entonces el mundo giró de cabeza, descalabrándose, catapultándonos al cielo, pero caímos en los mullidos colchones, nubes como nieve de recámara, y nosotros recostados, a ver el tiempo sangrar; el horizonte se tornó durazno, y la marea en plata congelada: esa sábana de estrellas en la que todos prefieren ahogarse, y no quedarse aquí, en la calle mojada.
inmundicia
Te escribo sin saber qué decir. Pienso en mil cosas, en el futuro, en el pasado, en el fracaso, en cómo estarías sentada en esa silla frente a mí, con esa mirada penetrante y cautivadora, reservada y crítica, buscando tal vez un hilo conector, o el indicio de un simétrico patrón, en todo este caos que no dejo de balbucear ante tí. Soy un desastre humano, me digo, aunque trato de mantener la compostura y no dejarme llevar por la estupidez. Pienso que hay que ser justos, y tomar todo en su medida, pero el paso del tiempo me hace constar que esa no es más que una aseveración inútil, un principio abstracto, tierno y mentalista, casi patético, para aliviarme de una pizca de tensión y angustia inevitable. Con el tiempo se va, y viene, se va, y viene, en un ciclo inacabable de vaivenes. Pienso que es la incertidumbre propia de la existencia, o, al menos, de mi propia existencia, me digo, porque con el paso de los años has aprendido que no puedes aplicar tus propias reglas y “principios de fun...
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