inmundicia
Te escribo sin saber qué decir. Pienso en mil cosas, en el futuro, en el pasado, en el fracaso, en cómo estarías sentada en esa silla frente a mí, con esa mirada penetrante y cautivadora, reservada y crítica, buscando tal vez un hilo conector, o el indicio de un simétrico patrón, en todo este caos que no dejo de balbucear ante tí. Soy un desastre humano, me digo, aunque trato de mantener la compostura y no dejarme llevar por la estupidez. Pienso que hay que ser justos, y tomar todo en su medida, pero el paso del tiempo me hace constar que esa no es más que una aseveración inútil, un principio abstracto, tierno y mentalista, casi patético, para aliviarme de una pizca de tensión y angustia inevitable. Con el tiempo se va, y viene, se va, y viene, en un ciclo inacabable de vaivenes. Pienso que es la incertidumbre propia de la existencia, o, al menos, de mi propia existencia, me digo, porque con el paso de los años has aprendido que no puedes aplicar tus propias reglas y “principios de funcionamiento” a otras personas, te has dado cuenta de que las personas son más enrevesadas de lo que parecen, por no usar otros términos quizá menos amables, y que sostener un juicio firme y seguro sobre alguien de manera absoluta es una fórmula perfecta hacia un inevitable error. De eso se deduce que el campo de tus inseguridades es enorme, y que no estás dispuesto a cimentar seguridad alguna sobre nada que no hayas sometido a severos criterios de verdad con un rigor y una meticulosidad indiscutibles. Es decir, que vives constantemente en agonía, de manera casi permanente. Eres un desastre moral, te dices, llagas que insistes una y otra vez en rascar, frotar y hacer sangrar. Eres un férreo masoquista, te declaras, con un cierto placer como el de alguien que ha llegado a una dura y trascendente realización. Te declaras una bestia, y sientes placer por ello... Placer. Un dulce placer. Te regocijas, como si probaras el néctar de un durazno o el jugo de una roja manzana. Jamás en tu vida has sentido tanta frescura entre tanta inmundicia. Te regocijas de verdad.
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