Te escribo sin saber qué decir. Pienso en mil cosas, en el futuro, en el pasado, en el fracaso, en cómo estarías sentada en esa silla frente a mí, con esa mirada penetrante y cautivadora, reservada y crítica, buscando tal vez un hilo conector, o el indicio de un simétrico patrón, en todo este caos que no dejo de balbucear ante tí. Soy un desastre humano, me digo, aunque trato de mantener la compostura y no dejarme llevar por la estupidez. Pienso que hay que ser justos, y tomar todo en su medida, pero el paso del tiempo me hace constar que esa no es más que una aseveración inútil, un principio abstracto, tierno y mentalista, casi patético, para aliviarme de una pizca de tensión y angustia inevitable. Con el tiempo se va, y viene, se va, y viene, en un ciclo inacabable de vaivenes. Pienso que es la incertidumbre propia de la existencia, o, al menos, de mi propia existencia, me digo, porque con el paso de los años has aprendido que no puedes aplicar tus propias reglas y “principios de fun...
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